¡ Censura !

Regular las redes sociales: ¡Censura!

La multimillonaria y poderosa industria de los medios de comunicación – considerados en su momento el cuarto poder -, al ver disminuidos sus ingresos de pauta publicitaria y al sentir perdido el monopolio de la información y de influencia por cuenta de la explosión de la democratización informática del mundo digital, emprendieron la cruzada para instalar en el colectivo la idea de que las #FakeNews son un invento creado por las redes sociales.

Ese método propagandístico no tiene otro fin distinto a crear un estado de opinión favorable para pedir la regulación de las plataformas digitales y las redes y de esa manera, meterle la mano a su competencia en el negocio de la creación y difusión de la información.

Nada más alejado de la realidad que achacarle las noticias falsas a las redes sociales cuando la práctica de difundir mentiras existe desde que la humanidad se empezó a comunicar.

Cuando la política se hacía en la plaza pública se mentía en la plaza pública, ahora se miente en las pantallas; “calumniad, calumniad que algo queda”, es una máxima atribuida a un famoso político colombiano del siglo pasado (antes de las redes).

Las #FakeNews no son un fenómeno que haya aparecido con el boom de la democratización de la información que llegó de la mano de los medios digitales primero y de las redes sociales ahora y mucho menos podemos caer en el error de confundir un hecho como la mentira (propia del ser humano) o la noticia falsa, con el medio a través del cual se esparce y mucho menos confundir la propaganda con la mentira (aunque en muchas ocasiones la primera eche mano de la segunda).

Famosas fueron las publicaciones de periódicos que narraban cómo los alemanes aplastaban a los niños belgas contra rejas de hierro y otros hechos similares que sembraron entre los aliados el odio hacia los germanos en la Primera Guerra Mundial.

Años después vino el contra golpe y fue el régimen Nazi el que perfeccionó, a través de una campaña calculada de propaganda y de difusión masiva de mentiras, historias y noticias falsas, la inserción entre las masas del odio contra los judíos y demás “razas inferiores” y a sembrar en la psique del pueblo Alemán el cuento de la superioridad Aria.

La noche de los cristales rotos, hito histórico de la persecución judía fue antecedida de la falsa noticia según la cual, los judíos habían incendiado el parlamento alemán.

Ejemplos de lo que hoy definimos como #FakeNews hay miles en la historia, uno de las más modernos es la guerra de Irak en 2003 que se inició por unas supuestas armas de destrucción masiva que tenia el régimen Iraquí y que nunca existieron; la guerra por cuenta de esa falsa noticia, si existió.

En Egipto era costumbre de los emperadores borrar de la historia a su antecesor; en Francia es famoso el caso Dreyfus como antecedente del antisemitismo; las mentiras esparcidas por la Inquisición para castigar a los herejes basadas en pactos con el demonio son otro ejemplo de fake; las pinturas de la Edad Media narrando hechos metafísicos, de imposible ocurrencia, se volvieron reales para la masa en la repetición milenaria pintada en frescos en las cúpulas de las iglesias (que eran las redes sociales del oscurantismo). Un solo punto en común de todos esos ejemplos: No existían Facebook, twitter, ni YouTube.

Otra reflexión que vale la pena hacer es que las noticias falsas solo causan un efecto real en las masas cuando las masas están preparadas e incluso anhelantes de que se las digan para creerlas. ¿Será que la sociedad alemana que cometió la barbarie del exterminio judío no quería creer la mentira de que los judíos eran sub humanos, que transmitían el tifo o que los alemanes eran una raza pura y superior? Hoy vemos claramente que eran cuentos, falsas noticias, #FakeNews pero, la sociedad alemana las quería creer, las esparcía, las difundía, las enseñaba a sus hijos. Noticias falsas sin un terreno abonado, no prenden, no se esparcen, no influyen en las masas.

Tanto quería creer el Nazi que pegaba los afiches contra judíos en donde se anunciaban como monstruos contrahechos transmisores de la peste, como lo hace el “redneck” que comparte una cadena falsa de WhatsApp en la que se acusa a los mejicanos ilegales de ser violadores y delincuentes.

Cuando apareció la radio a inicios del Siglo pasado, los periódicos tenían el monopolio de la pauta y de la información. En esos periódicos como ya vimos, también se esparcían y aún se esparcen, noticias falsas. En ese momento se dio la misma discusión a la que asistimos ahora: regular la radio porque supuestamente no había cómo controlar la veracidad de lo que por allí se transmitía. En Colombia se llegó a expedir un decreto que prohibía leer las noticias de los periódicos a través de la radio, con lo cual queda claro cuál es la disputa de fondo en esta falsa discusión: el control sobre los réditos económicos y de poder que se obtienen al explotar el negocio de la información. No es la verdad la que se protege, es el negocio.

Una calumnia es una calumnia si sale de la boca de un ser humano y se esparce en el espacio o si viaja a través de las ondas hertzianas, se escribe en un periódico o se plasma en un trino: ¿para qué regular las redes sociales cuando el comportamiento nocivo y dañino ya está tipificado en la ley? Una noticia falsa, como la de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, sigue siendo falsa habiéndose publicado en radio, prensa y televisión, no necesitó de las redes sociales para ser Fake y justificar la guerra del golfo.

Digámonos la verdad, la propuesta de regulación o reglamentación de las redes sociales, que tiene como excusa tildarlas de generadoras de las falsas noticias, no es otra cosa que censura a la posibilidad que hoy en día todos tenemos de expresarnos, producir contenidos, informar y comunicarnos directamente sin pasar por el filtro de un poderoso que monopoliza la información y sus consiguientes réditos económicos y de poder.